Una nueva manera de mirar y estar con el otro/ otra, una nueva forma de entender la convivencialidad, es decir, el desarrollo de nuestra capacidad de amar y compartir con más de una persona a la vez. Este concepto toma forma en las relaciones que conocemos como parejas o matrimonios abiertos, redes íntimas, matrimonio en grupo, polifidelidad, triadas, entre otros. En la cultura polyamor, (como algunos le llaman de acuerdo a su acepción en ingles) el concepto de infidelidad toma otra perspectiva. Nos interesa la lealtad, la honestidad, el intento de comunicarse siempre una y otra vez, en los deseos y los goces. Para quienes practicamos esta convicción de vida, la infidelidad trasciende el adulterio, palabra con la que comúnmente se le equipara, es decir, somos fieles, e intentamos dar otra resignificación a los conceptos, partiendo de nuevos análisis que nos conlleven posibilidades distintas de convivencia.
Piénselo, reconozcámonos, alguno/a de nosotros/as somos poliamores y no hemos podido desenvolverlo, comunicárselo a nuestra o nuestras parejas? Somos realmente honestos con los otros/otras y con nosotros mismos? Por qué no le proponemos y abrimos el tema con nuestra pareja, en un plano de total equidad, intentando desechar aquellos prejuicios y tabúes milenarios?
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Esta clase de “neoutopía” de la vida cotidiana se ha estado viviendo de manera aislada, en un tipo de “clóset” social que poco a poco se está abriendo, gracias al activismo de bajo perfil de algunas personas, incluyendo sexólogos y terapeutas que se atreven a ir a contracorriente, asegurando que más vale intentarlo a quedarse para siempre con las ganas.
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Según un estudio del congreso de San Diego, la práctica del poliamor acelera el crecimiento personal, aumenta las habilidades de comunicación, elimina la posesividad, provee mayor intimidad y permite una mejor satisfacción de las necesidades tanto prácticas como emocionales de una vida en común (hay más personas para repartirse tareas domésticas). Y aun cuando no lo logres al 100%, “en el camino, ya creciste”, dice Alex Bernardin, activista poli y bisexual de San Francisco, California.
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